¿A QUÉ NOS APEGAMOS?

Adentrémonos en uno de los aspectos más delicados con los que vamos a encontrarnos. Ya sea en nuestras vidas o para emprender de una manera saludable, debemos intentar no necesitar nada. No debemos apegarnos a nada. Si el apego convive con nosotros es muy probable que cuando aquello que tanto necesitamos no esté nuestra vida se derrumbe y todo lo que creíamos haber construido desaparezca, ya que lo habíamos construido sobre una base ficticia.

El ser humano es uno de los seres más débiles y desprotegidos ante la naturaleza nada más nacer porque necesita de su madre para prácticamente todo. Los cachorros de un león o un pez se independizan con mucha mayor brevedad. Nada más nacer -John Bowlby, psicoanalista inglés, nos lo confirmó con su teoría- y, por supuesto, todo el periodo de los nueve meses donde nos encontramos en el interior de nuestra madre, donde generamos un tremendo apego a través del cordón umbilical.

Por lo tanto, nada más sacar la cabecita para tomar aire sabemos que no somos absolutamente nada sin la atención absoluta de nuestra madre. Pero, vayamos más allá, está demostrado que si un bebé no recibe las caricias y el contacto corporal de su madre podría llegar a enfermar o hasta morir.

La mayor cuestión se nos muestra cuando nos damos cuenta de que el apego ya no es solo una cuestión de necesidad por alguien o algo para sobrevivir, sino que a nivel emocional también puede ser muy peligroso.

Como ya hemos nombrado anteriormente, la especie humana es una especie social, necesita comunicarse y rodearse de otras personas: socializarse. Pero hagamos hincapié en “necesita” ya que los márgenes son amplios: depender de y necesitar no son exactamente lo mismo en un contexto gradual.

¿Cómo desprendernos del apego a las cosas? Ni siquiera hay que intentarlo. Es imposible. El apego a las cosas se desvanece por sí solo cuando renunciamos a identificarnos con ellas. Entretanto, lo importante es tomar conciencia del apego a las cosas. Algunas veces quizás no sepamos que estamos apegados a algo, es decir identificados con algo, sino hasta que lo perdemos o sentimos la amenaza de la pérdida.

Si entonces nos desesperamos y sentimos ansiedad, es porque hay apego. Si reconocemos estar identificados con algo, la identificación deja inmediatamente de ser total. «Soy la conciencia que está consciente de que hay apego». Ahí comienza la transformación de la conciencia. «Una nueva tierra» (2005), Eckhart Tolle.

Y, una vez más, volvemos al ser consciente. Lo inevitable será menos doloroso y cogerá un sentido de adaptación cuando seamos conscientes de ello.

Por suerte, la naturaleza y el propio desarrollo de la vida genera vivencias donde el bebé se va encontrando con diferentes situaciones en las cuales el apego se va desvaneciendo muy lentamente: los momentos donde la madre no acude a la cuna por el motivo que fuera, el momento de dejar al bebé en la guardería o dejarle en el autobús para que vaya al colegio, etc. Esos momentos nos van convirtiendo en el ser consciente que posteriormente seremos.

Muchas veces, y he aquí un enorme problema global, que además tiene relación con los restos que nos dejan nuestros ancestros, son las madres las que tienen apego sobre sus hijos. Ellas, desde el mayor desconocimiento y en la equivocada creencia de querer transmitirles todo el amor del mundo, lo único que consiguen es transmitirles todas sus inseguridades no sanadas en el pasado, todos los miedos creados por diferentes experiencias pasadas, etc. Y, entonces ocurre la sobreprotección. No pasa nada si el bebé llora algo más de la cuenta, no pasa nada si con unos pocos años más se cae y se hace una pequeña herida… Es necesario que eso ocurra para no generar una situación peligrosa de apego, de absoluta dependencia. No dramatizar.

Por eso, muchas veces, tratamos de encontrar una pareja que nos dé todo, sin esperar nada. Le demandamos una entrega incondicional y nos sentimos profundamente frustrados ante cualquier señal de indiferencia o desapego. Vivimos para el miedo de perder a esas personas que, suponemos, repararán la falta que llevamos dentro, cuando lo que realmente necesitamos es tomar conciencia ante lo que ocurre, posicionarnos frente al espejo y ver qué es todo aquello que nos falta a nosotros mismos.

¿Cuántas personas conocemos que sufren de ansiedad tan solo por pensar si esa otra persona les falta? O ¿si se les va a vivir a otra ciudad o país? Disney y las películas románticas con frases como: “siempre estaré ahí”, “te querré toda la vida”; “te necesito para ser feliz”, “me muero si no estás”, y un enorme y larguísimo etcétera, han provocado un verdadero caos emocional, confundiendo el enorme y escabroso apego con romanticismo.

El psicólogo Walter Riso identifica el apego como uno de los problemas más importantes que pasan desapercibidos de todo el planeta. El apego provoca dolor, sufrimiento, ansiedad, frustración, irritación, suspensión de la autoestima, y un sin fin de negatividad de principio a mal fin. Desde el primer día que pisáramos la guardería y el colegio debería existir un programa concreto de atención y educación emocional orientada al apego.

Los budistas saben que las cosas cambian y se transforman. En Oriente, la educación está alimentada por la ley de la impermanencia, donde las cosas se van y no son para siempre. Te preparan a estar listo para la pérdida. En Occidente, sabemos que esto es verdad pero no se aplica, siendo ésta una más de las muchas incoherencias que nos rodean.

Como conclusión vamos a generar algo de conflicto sano. ¿Cuántos de vosotros tenéis principios? Ese gran valor que en los caballeros del s.XV o en los gladiadores romanos era absolutamente indestructible e inamovible. Pues es un apego más. ¿Por qué no vamos a poder modificar principios si estos cambian a medida que nosotros cambiamos?

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